domingo, 2 de noviembre de 2008

Mis Ruedas



Como mencioné, dejé de ser un peatón.
Esta bolita es mi nuevo chiche, mi transporte, mi consentido, quien me cobija, me permite descargar algo de las broncas que acumulo últimamente, me hace sentir que tengo el volante de algo, esta vez, literalmente.

viernes, 31 de octubre de 2008

Viaje o Tortura

De golpe me doy cuenta - pero de golpe literalmente, como si me impactara el torax - que no es un placer, que ella está con las manos atadas al borde de la cama, con los ojos abiertos, totalmente drogada, que no sé cuánto se da cuenta de qué es lo que pasa a su alrededor, pero que ella trata de moverse, que no quiere estar donde está, que precisamente por eso la atan, que precisamente por eso la drogan.
Estuve varios días diciendo que sentía envidia de las drogas que le daban, y ahora veo con claridad brutal cuánto ella debe desear estar lo suficientemente lúcida para decidir por sí misma, cuánto ella debe estar queriendo que la dejen en paz, que la dejen acomodarse como ella quiera, que la desaten, que no la droguen más!!!
Dios!!! cuánto mejor que no me hubiera dado cuenta.....

domingo, 26 de octubre de 2008

Bigotón de Barrio



Me dicen que en realidad es Bigotona, que es la Bigotona de todos en el barrio.

Divina, atrevida, caradura, no se inmuta pero ni cuando me acerco para tomarle la foto.

Aclaro que alrededor caminábamos cantidad de personas, además de quienes estaban sentados en el bar que estaba justo frente al auto donde reposaba la bigotona del caso.

Alguna vez reencarnaré en Bigotón, y viviré con esa tranquilidad de la que hoy no logro gozar.

Adiós al Subte

Ese lugar, ese "no lugar" diría Augé, que tanto me dió para pensar. Ese lugar que tantas experiencias sociales, tantas oportunidades de experimentación de interacción social, tantos espacios de anonimato e intimidad como buen "no lugar" que es, tantas veces que actuó como el único momento en que podía llorar sin que nadie se metiera a preguntarme qué me sucedía.

He perdido voluntariamente ese lugar.


He dejado de ser un habitué. He dejado de ser un peatón. Me he comprado un auto.


Finalmente, y después de muchas cábalas, muchas idas y vueltas, muchas discusiones, peleas, supersticiones y cambios de trabajo provocados realmente cada vez que pensaba seriamente en comprar un auto, finalmente me encuentro frente al volante de mi auto.

Ok, he perdido el subte.

Sé que puedo volver a él cuando quiera, pero sé que ya no seré "de casa", seré un visitante, un ocasional, un "de paso", de esos que los habituales saben detectar inmediatamente, como lo hice yo tantos años.

Por eso, y como despedida, van dos auténticas fotos de despedida, fotos del subte, como muchas veces llevé a mis alumnos a ver, a hacer observación participante.

Ahora que las subo, tomo conciencia de que ambas son de personas mayores. De esos pasajeros a quienes tanto trabajo y tanta dificultad les provoca el subte.

En el caso de una de ellas, la mujer, me tomé el esfuerzo de quedar a su lado cuando subió al vagón, yo tenía puesto mi MP3, pero el olfato me permitió percibir que a pesar de su intento por mostrar determinada identidad, la auténtica, la de fondo, era la del linyera que duerme en la calle, que no se baña, y que quizá tenga en algún lugar de su cerebro anidada alguna grave forma de enfermedad.

Basta de charla. Van las fotos.















viernes, 19 de septiembre de 2008

Morir a los 27

De adolescente repetía seguido que yo iba a morir a los 33 como Cristo y Janis Joplin. Realmente, de adolescente uno no tiene ninguna visión de qué va a pensar después de cumplir 30, o de para qué puede uno querer seguir vivo.
Finalmente, cumplí 33 años.
Cuando llegó el momento de soplar las velas, obviamente pedir un deseo, de corazón les cuento que mi deseo fue llegar con vida a cumplir los 34.
Ok, ya sé, mi nivel de superstición es absoluto, esa es mi forma particular de religión.
No puedo explicar el alivio cuando cumplí los 34.
Lo divertido del asunto, es que tiempo después, unos años, me enteré que Janis Joplin, al igual que Jimmy Hendrix y otros tantos admirables de esa generación, no habían muerto a los 33, sino a los 27. Así que todo era un mito auto-generado y mal definido.
Lo interesante, retrospectivamente, es qué pasó a los 27 años.
En mi familia, cada generación alguien cambia de país. En mi infancia, mi abuela me mostraba las cartas que mi tío escribía desde París - a donde se había ido a vivir a los 27 años. Cartas tristísimas, del tipo "... llueve, todo es gris, me siento solo, el idioma me resulta ajeno...", y yo pensaba que nadie debería escribirle una carta así a su madre, que la habría hecho sufrir mucho.
A mis 27 años me tocó a mí cambiar de país. En realidad, entre tanto nomadismo, volví a MI país. Bah, el país donde nací, donde no tengo que hacer trámites para pedir permisos de trabajo, donde soy nacional, etc.
En muy poco tiempo me encontré escribiendo cartas del tipo "... llueve, hay tanta humedad que las paredes chorrean, aunque se habla en español, no entiendo lo que la gente dice...", y me acordaba de mi tío, y me reía y lloraba al mismo tiempo.
No sé, no me morí a los 33. Tampoco a los 27.
Pero sí creo que de alguna forma tuve la oportunidad de comenzar todo de cero a los 27, de empezar una nueva vida sin nadie que le diga a uno "vos no sos así" cuando uno cambia, o sea, poder cambiar. Quizá en ese sentido sea bueno también poder morir alguna vez, cada tanto, y volver a comenzar.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Cumple de mis amores

Se festejó el cumple de mis dos amores.
Estaban super felices.
Sus padres también.
Como prueba, un botón.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Postal del Subte

Espero en el andén, con los audífonos bloqueando el sonido ambiente con música de mi elección.
Cuando llega el subte, descubro que el vagón en el que abordaré está absolutamente graffiteado de colores. Aunque eso no cambia en nada los matices del gris que flotan en el interior del vagón y de mí, eso logra arrancarme una sonrisa.
Justo antes de llegar a la estación, al cruzar la avenida, me preguntaba si con el paso de los años uno pierde esa parte "dañada" de uno, como nos llamaba Saúl a Alicia, a mí, a algunas otras pocas personas. Que quisiera tener la certeza de que aún la conservo. Que en los días en que tengo bronca con el mundo, saber que esa parte "dañada" sigue en mí, que mi capacidad de violencia está intacta, me sirve para evitar ejercerla. Parece que funciona como un neutralizador.
Parece paradójico, parajódico diría aquél terapeuta, Raúl creo que se llamaba.
De todas formas, lo único que logra arrancarme una sonrisa es ese vagón colorido, coloreado por manos "ilegales", que hacen propio y personal lo cotidiano, lo anónimo, lo gris.